Una mañana mientras desayunaban, el niño llegó corriendo por el pasillo, y ni siquiera advirtió que todos estaban en la cocina, siguiendo su camino hacia los dormitorios y haciendo sonar las escaleras de madera. Unos segundos más tarde, apareció nuevamente, agitado y con una expresión de alarma flameando en su rostro.
-Er...
Comenzó a decir la posadera, con una jarra de jugo en su diestra. Pero el pequeño la interrumpió con brusquedad, gritando a quien pudiera oírlo, y haciendo que el anciano inventor que bebía su tasa de té de hierbas azules de la mañana, echara su sorbo por la nariz:
-¡¡El Jardín!! ¡Ha dado una flor!
La niña rara lo miró, sin saber bien a qué se refería, pero vio en el semblante de la posadera que aquello era alguna especie de milagro que ella no comprendía.
Salieron en fila hacia el jardín trasero de la posada, que la niña rara creyó que estaba lleno de objetos en desuso, piedras y hierva. Pero al llegar allí, lo vio. En efecto: había nacido una flor.
Era tan extraña y tan transparente, que su mirada se prendió en el interior blancuzco de la pequeña flor con una forma tan dulcemente ovalada cuando sus pétalos cerraban.
-Es una lágrima.
Sentenció la posadera tras unos instantes, mientras observaba a su alrededor algo diferente.
-Parece que alguien ha estado llorando aquí cerca.
Agregó, entonces. La niña rara pensó que ciertamente, aquella era una flor-lágrima, aunque jamás había visto una, porque, después de todo... ¿Puede una lágrima volverse flor?
